sábado, 29 de agosto de 2009
miércoles, 12 de agosto de 2009
martes, 21 de julio de 2009
mejor Lehane que Larsson
0) Más podcast con Cussen. Invitado: el gran Ricardo Martínez.
1) Terminé de leer Millenium 3 y sí, Larsson está bien pero mejor está Dennis Lehane. Mientras encuentro más cosas suyas, un ensayito express sobre "Desapareció una noche".
3) Encontré en Viña un policial de Dennis Lehane que buscaba hace tiempo. Lehane es el autor de la novela en que Clint Eastwood basó “Río Místico”, el guión de unos cuantos capítulos de “The Wire” y un ciclo de novelas policiales sobre los barrios bajos de Boston protagonizado por los detectives Patrick Genzie y Angie Gennaro.
Hasta acá, nada nuevo, pero la lectura de Desapareció una noche (llevada al cine con guión y dirección de Ben Affleck, un galán de Hollywood que al parecer tiene más talento detrás de la cámara) puede ser perturbadora. Lo básico: la novela trata del secuestro de una niña de cuatro años y cómo los detectives, aparte de lidiar con las pistas y las distintas variables del crimen, deben aprender a elaborar modos de lidiar con esa ausencia. Por supuesto, el relato tiene dos o tres vueltas de tuerca e incluye lo de siempre —policías corruptos, narcos impresentables y delincuentes entrañables—, pero haciendo que aquellos materiales adquieran un tono desolado, terrible, insoportable.
En la novela, Lehane no sólo se hace cargo del abuso infantil y de las claves del submundo de los pederastas, sino que devuelve esa mirada desolada hacia sus héroes, que no pueden soportar lo que ven: tinas de baño donde yacen niños desfigurados, madres que no dan de comer a sus hijos, hogares que no son tales. Así, más allá de la cáscara del policial, el libro es una reflexión moral sobre cómo mantener cierta cordura en las inmediaciones de la devastación y aniquilación de todo paisaje conocido. Eso, porque Genzie y Gennaro nunca salen de su propio barrio, y todo lo que sucede en Desapareció una noche acontece con suerte en el rango de unas pocas cuadras, en las mismas calles que los héroes conocen desde la infancia.
En un mundo donde los héroes de Stieg Larsson realizan proezas imposibles y desnudan conspiraciones nacionales o continentales, leer a Lehane nos devuelve al terreno pantanoso de la violencia doméstica y de la infancia como una tierra de horrores. Los personajes de Lehane habitan un mundo oscuro donde niñas abandonadas miran televisión en cuartos vacíos, esperando que sus madres regresen del bar mientras los detectives conviven con un horror que los deja vacíos y mudos, sin posibilidad de redención alguna. Dice Genzie: “lo que más se oye es el silencio de la criatura desaparecida. Es un silencio de entre setenta y noventa centímetros de altura, y sientes cómo grita por rincones, grietas y en la cara inexpresiva de una muñeca caída al suelo desde la cama. Es un silencio diferente al de los funerales y velatorios. El silencio de los muertos lleva consigo el fin; es un tipo de silencio al que sabes que te has de acostumbrar. Pero nadie quiere acostumbrarse al silencio de la criatura desaparecida; uno se niega a aceptarlo y, por lo tanto, no deja de gritar”.
En Lehane, la cáscara de lo policial es sólo un modo de modular el trauma del crimen, los modos del luto, la oquedad de cuerpos que sólo se relacionan con otros cuerpos por medio de la violencia. Agotador, el libro de Lehane describe el paisaje devastado de un mundo donde no hay promesas ni futuro. Terrible, se me ocurre que quizás es éste el destino o el deber de la novela policial: aquella valentía de internarse en una trama sin posibilidad de retorno, catarsis posible, de quedarse ahí varada como una señal que simplemente indica dónde está el pantano de lo conocido, la boca abierta en el momento previo al grito, el abismo de todos los días.
sábado, 18 de julio de 2009
martes, 14 de julio de 2009
martes, 7 de julio de 2009
volví al blog/ a ver cuánto dura

a)volví al blog. a ver cuánto dura.
b)escuchen el podcast que con cussen armamos sobre tele.
c) Deconstructing Jacko. Es raro, pero casi nadie ha recordado el momento en que Jarvis Cocker se subió al escenario a interrumpir la presentación de Michael Jackson en los Brit Awards de 1996. Jackson rodeado de niños cantaba “Earth song”, uno de sus himnos predilectos de los 90, y, en medio de eso, Cocker se subió al escenario a satirizar la presentación. No fue nada exagerado: mostró el estómago, escapó de los guardias y más bien, se le vio como un ciudadano a ras de piso en una representación dramática sobre la extinción de la Tierra que en algo que más bien se parecía a un show escolar. Pero esa presencia inesperada rompió la magia. Mal que mal, las letras de Pulp siempre jugaron con temas como el abajismo, los fetiches sexuales y la lucha de clases como posibilidad de huir de cualquier clase de mesianismo. Jackson, cuando Cocker lo interrumpió, era eso una especie de cristo tardío, hecho de cera y plástico, que estaba dispuesto a inmolarse de modo sacrificial, para –como en el video de la canción- detener el avance de la muerte y hacer brotar la vida.
Ahora que Jackson se murió en la vida real y recordamos perplejos, como si fueran una sola cosa, la apabullante cantidad de obras maestras de pop que ejecutó y las excentricidades monstruosas que perpetró, bien vale la pena pensar en ese momento en que Cocker, con inteligencia o audacia, le interrumpió el show. Para mí, ahí quizás se acabó todo. Porque Cocker no nos confirmó la decadencia sino la condición de parodia de sí mismo en la que Jackson se había convertido, haciendo de su personalidad una colección de máscaras que nos señalaban que la fama podía ser también deforme y construirse apelando a los retazos de una inocencia irrecuperable.
Esos retazos y las imágenes hechas de ellos son la mejor novela de nuestro tiempo. Los capítulos de un folletín desquiciado que, ahora, son mejores explicaciones de su muerte que esa segunda autopsia que la familia espera realizar. Se me ocurren algunas: Jackson como el primero de esa colección de estrellas infantiles que nunca esperó a crecer, alguna nota en Rolling Stone donde confesaba ser Testigo de Jehová, la filmación de ese clip con Paul McArtney y él haciendo de estafadores, ese video de Spike Lee en unas favelas donde lucía tan perdido como irreal, toda esa moda militar que parecía salida del espacio, los pasos de bailes de un robot en ácido y la cara impenetrable de desolación del chimpancé Bubbles, el momento en que habla con Martin Bashir tomándole a un niño la mano, su amistad con Corey Feldman y Corey Haim, la perturbada idea de que un eventual hijo suyo con la hija de Elvis sería como una especie de megamesías de la cultura pop occidental, y el momento en que toma a ese bebé y lo sostiene en el abismo como una prueba de su peculiar sentido del humor.
Así, habría que volver a todas ellas para intentar entender, aunque fuera un poco, la intolerable relación en perturbación y belleza de su obra. Porque Jackson era un sujeto tan complejo que podía habitar con comodidad entre los mundos del “Peter Pan” de J.M. Barrie y llas series televisivas como el “Nip/Tuck” de Ryan Murphy con toda esa pornografía médica sobre el cuerpo como un campo de batalla tan dúctil como perverso. Lo más terrible es el hecho de que todo lo anterior nos obliga a ver aquello como lo mismo (como si Murphy fuera un hijo sicótico de Barrie). Mientras estamos obligados escucharlo y ver de nuevo a Michael Jackson, a encontrarle sentido al delirio mientras nos paseamos –en ella- por cementerios llenos de zombies, guerras territoriales de pandillas, robots gigantes cromados, hombres transformados en pantera, desastres ecológicos planetarios y una versión de “El mago de Oz” (1978) que lo prefiguraba mejor que todas esas explicaciones de canales como E! o medios como TMZ sobre quién era Jackson. Puro corazón, Jacko interpretaba ahí al Espantapájaros, quien andaba en busca de su cerebro. Era un cuerpo de paja que deseaba algo que todos tenemos pero que quizás a él siempre le estuvo vedado: una comprensión racional de las cosas, algo –una ficción de sí mismo, una imagen que volviera del espejo sin romperse, una certeza real que anulara las probabilidades de cualquier solipsismo- que le llenara la cabeza y le permitiera entender y decodificar el mundo e inventar modos de relacionarse con él.
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