sábado, 18 de julio de 2009

planetary


Bien bien. Sé que esto no le interesa a nadie pero ésta es la portada de PLANETARY N° 27.

martes, 14 de julio de 2009

martes, 7 de julio de 2009

volví al blog/ a ver cuánto dura


a)volví al blog. a ver cuánto dura.

b)escuchen el podcast que con cussen armamos sobre tele.

c) Deconstructing Jacko. Es raro, pero casi nadie ha recordado el momento en que Jarvis Cocker se subió al escenario a interrumpir la presentación de Michael Jackson en los Brit Awards de 1996. Jackson rodeado de niños cantaba “Earth song”, uno de sus himnos predilectos de los 90, y, en medio de eso, Cocker se subió al escenario a satirizar la presentación. No fue nada exagerado: mostró el estómago, escapó de los guardias y más bien, se le vio como un ciudadano a ras de piso en una representación dramática sobre la extinción de la Tierra que en algo que más bien se parecía a un show escolar. Pero esa presencia inesperada rompió la magia. Mal que mal, las letras de Pulp siempre jugaron con temas como el abajismo, los fetiches sexuales y la lucha de clases como posibilidad de huir de cualquier clase de mesianismo. Jackson, cuando Cocker lo interrumpió, era eso una especie de cristo tardío, hecho de cera y plástico, que estaba dispuesto a inmolarse de modo sacrificial, para –como en el video de la canción- detener el avance de la muerte y hacer brotar la vida.
Ahora que Jackson se murió en la vida real y recordamos perplejos, como si fueran una sola cosa, la apabullante cantidad de obras maestras de pop que ejecutó y las excentricidades monstruosas que perpetró, bien vale la pena pensar en ese momento en que Cocker, con inteligencia o audacia, le interrumpió el show. Para mí, ahí quizás se acabó todo. Porque Cocker no nos confirmó la decadencia sino la condición de parodia de sí mismo en la que Jackson se había convertido, haciendo de su personalidad una colección de máscaras que nos señalaban que la fama podía ser también deforme y construirse apelando a los retazos de una inocencia irrecuperable.
Esos retazos y las imágenes hechas de ellos son la mejor novela de nuestro tiempo. Los capítulos de un folletín desquiciado que, ahora, son mejores explicaciones de su muerte que esa segunda autopsia que la familia espera realizar. Se me ocurren algunas: Jackson como el primero de esa colección de estrellas infantiles que nunca esperó a crecer, alguna nota en Rolling Stone donde confesaba ser Testigo de Jehová, la filmación de ese clip con Paul McArtney y él haciendo de estafadores, ese video de Spike Lee en unas favelas donde lucía tan perdido como irreal, toda esa moda militar que parecía salida del espacio, los pasos de bailes de un robot en ácido y la cara impenetrable de desolación del chimpancé Bubbles, el momento en que habla con Martin Bashir tomándole a un niño la mano, su amistad con Corey Feldman y Corey Haim, la perturbada idea de que un eventual hijo suyo con la hija de Elvis sería como una especie de megamesías de la cultura pop occidental, y el momento en que toma a ese bebé y lo sostiene en el abismo como una prueba de su peculiar sentido del humor.
Así, habría que volver a todas ellas para intentar entender, aunque fuera un poco, la intolerable relación en perturbación y belleza de su obra. Porque Jackson era un sujeto tan complejo que podía habitar con comodidad entre los mundos del “Peter Pan” de J.M. Barrie y llas series televisivas como el “Nip/Tuck” de Ryan Murphy con toda esa pornografía médica sobre el cuerpo como un campo de batalla tan dúctil como perverso. Lo más terrible es el hecho de que todo lo anterior nos obliga a ver aquello como lo mismo (como si Murphy fuera un hijo sicótico de Barrie). Mientras estamos obligados escucharlo y ver de nuevo a Michael Jackson, a encontrarle sentido al delirio mientras nos paseamos –en ella- por cementerios llenos de zombies, guerras territoriales de pandillas, robots gigantes cromados, hombres transformados en pantera, desastres ecológicos planetarios y una versión de “El mago de Oz” (1978) que lo prefiguraba mejor que todas esas explicaciones de canales como E! o medios como TMZ sobre quién era Jackson. Puro corazón, Jacko interpretaba ahí al Espantapájaros, quien andaba en busca de su cerebro. Era un cuerpo de paja que deseaba algo que todos tenemos pero que quizás a él siempre le estuvo vedado: una comprensión racional de las cosas, algo –una ficción de sí mismo, una imagen que volviera del espejo sin romperse, una certeza real que anulara las probabilidades de cualquier solipsismo- que le llenara la cabeza y le permitiera entender y decodificar el mundo e inventar modos de relacionarse con él.

lunes, 18 de mayo de 2009

links + benedetti


1)links: Bertoni en RDL y Alarcón & Díaz en RDL también. Un cuento viejo pero nuevo en laboratorio y la reseña con fotos de carla para paniko del show de chinoy hace una semana y media.

2)Murió Benedetti. Quizás el twitter sirva para algo. Para consignar su muerte. Y aunque no tengo twitter, me imagino que me habría enterado más rápido. Nunca me llevé bien con libros de Benedetti. A mi padre le gusta. O le gustaba. Alguna vez un profesor me pasó en la universidad “Primavera con esquina rota” pero no la leí. Supongo que era un acto de rebeldía académica, una demostración de estupidez. De todos modos, no creo que mi profesor comprendiera a Benedetti. En realidad no comprendía mucho, la verdad: le gustaba Marcela Serrano y rayaba con Foucault y el cine pero no había pasado de una lectura de escritorio de la nueva novela histórica. Así que yo no di esa prueba o me saqué un uno o un cuatro y me negué a leer a Benedetti. Fue sano. Lo había leído antes, en todo caso y su obra siempre me pareció correcta, parca, casi ubicua. Siempre sentí que no fue importante porque llegué tarde, me perdí el lazo, la canción del Oscar Andrade –del que alguien me contó que cree en todo el rollo de la Tierra Hueca y esas cosas- me imposibilitó para tomarlo en serio. Demasiada consignas, frases manidas y películas de Gradinetti. Nacha Guevara no era tan buena Muerte como la adolescente pálida de Neil Gaiman. Mala suerte para el uruguayo, que a mí me llegó por medio pergaminos de ferias artesas, musicalizado en peñas. Huí de él de inmediato. Benedetti, como Galeano, siempre me sonó viejo, nos habló de una clase de militancia que se me hacía entre ridícula y trágica. Escribí una novela corta sobre ese mundo: se llama "Estrella muertas" y le lleva jarabes para la tos, estalinismo, Valparaíso y depresión para tirar a la chuña. Ya veré qué hago con ella. Mientras, vuelvo a Benedetti y por supuesto, me doy cuenta de que el problema no era de él sino mío y ahora me acuerdo de ese desdén, de ese aburrimiento y me imagino a media América Latina, a todos los Oscar Andrade, a todos los fans que eran jóvenes en los 80 o los 70 y Benedetti les hablaba al oído, les ponía las letras a sus cartas de amor. Cuán solos estarán ahora.

jueves, 30 de abril de 2009

predator rules!


Mi memoria del cine de los 80 está anclada en las cintas de John McTiernan. Vi “Predator” y “Duro de matar” en el viejo cine Pompeya de Villa Alemana, que se llenaba los domingos en funciones dobles mientras las sombras del los murciélagos cruzaban la pantalla. Son recuerdos tan extraños como felices. McTiernan filmaba desde una violencia en la que estaba ausente la corrección política y la seriedad. A diferencia de George P. Cosmatos, Tony Scott y James Cameron no quería lucir trascendente, cool o probar nuevas tecnologías. Por el contrario, había cierta conciencia paródica en sus cintas, cierta distancia que hacía que tipos como Shwazenegger o Bruce Willis lucieran como mitos pero también pudieran verse desde cierta distancia irónica, como si todo –la sangre, los cristales en la planta de los pies, la boca horrorosa del monstruo de la selva- no fuera más que una broma. Ahora me entero que Robert Rodríguez va a fimar un remake o un reboot de “Predator” y en cierto modo, me da gusto: ya sea en “The Faculty” como en cualquier episodio del Mariachi, Rodríguez comprende el cine de entretención tal y como lo comprendía McTiernan, como un discurso doblado sobre sí mismo que escatima la sátira y el exceso, que no se guarda nada porque en realidad sabe que no dice nada salvo la narración de acciones de personajes que se saben parodias de lo que realmente quieren ser, action figures en un decorado de fuego, balas y litros de salsa de tomate con carne.

miércoles, 29 de abril de 2009

lunes, 27 de abril de 2009