miércoles, 2 de septiembre de 2009

Chilenas


No dejo de pensar en un viejo texto de Chejov, “La dama del perrito”, cuando leo o miro Chilenas, el libro de fotos de mujeres que Claudio Bertoni acaba de publicar. En ese cuento, un burócrata ruso tiene un affaire amoroso con la dama citada y aquello lo transfigura, lo convierte en otro. Esa es la anécdota, pero a mí lo que más que me conmueve del texto no es el amor, sino el hecho de que Gurov, el protagonista, termina descubriendo la profundidad de su propia conciencia a partir del acto reflejo de reconocer en los otros la posibilidad de una vida secreta. Dice Chejov sobre Gurov: “Tenía dos vidas: una franca, abierta, vista y conocida de todo el que quisiera, llena de franqueza relativa y relativa falsedad, una vida igual a la que llevaban sus amigos y conocidos, y otra que se deslizaba en secreto (…) todo lo que formaba el fondo de su corazón estaba oculto a los ojos de los demás”.

Salto a Bertoni. Las fotos de Chilenas siempre están ambientadas en lugares públicos: una mujer sube o baja de un colectivo. Otra espera a alguien en una plaza. Otra corre o se arregla el pelo mientras espera a alguien que está fuera de la foto. Otra descansa en el asiento de una micro. Por supuesto, ninguna sabe que la están fotografiando y las imágenes —por lo sorpresivo y casi alegre de su lascivia— provocan cierta incomodidad en quien las mira. En apariencia, esa lascivia siempre es el tema: el deseo manifiesto en multitud de objetos que sobrepasa el pudor y, a veces, incluso cualquier sentido común.

Pero quizás hay algo más. En una literatura como la chilena, que privilegia la intimidad de los espacios interiores hasta volver un lugar común la asfixia de lo familiar, la obra de Bertoni decide a veces hacer lo contrario, escribirse desde la calle, como si en su merodeo de mirón estuviera también la decisión de encontrar el deseo y el asombro afuera de la casa, en medio de plazas, micros, negocios y los boliches de barrio. Para él, quizás es la calle el lugar de la nueva intimidad, mucho más reveladora que cualquier imagen extraída de un fotolog o un álbum de flickr. Así, las fotos de Bertoni trazan relatos de esa nueva intimidad e inducen a leerlas como secretos sugeridos a cielo abierto o en la barra de una fuente de soda. Así, las imágenes de Bertoni siempre ocultan algo pero también lo deja a merced de la mirada: es el fotógrafo quien lo revela y lo libera del azar, descubre lo que se calla pero que quizás está a la vista de todos. A veces, casi siempre, aquello es el deseo: lo sexual leído como algo casi material, una epifanía procaz que es el orden secreto del universo.

Pero aquella mirada es sólo parcial. Chilenas es algo más complejo, más chejoviano, pues al democratizar la percepción del abismo de la intimidad desdramatiza eso que a la novela chilena le ha costado tanto indagar. Me refiero a aquel vértigo de un mundo hecho de tan sólo cuatro paredes que desde hace tiempo —de Blest Gana a Donoso, pasando por Orrego Luco— se escribe como la metáfora predilecta de la literatura chilena ante el mundo. Como a Gurov, la sospecha se le escapa de aquellas cuatro paredes y se pone a bailar en la calle, gracias a aquellas imágenes magníficas pero también terribles: las fotos de una pulsión donde se contiene el aliento, o un golpe de luz que no es nada o quizás todo, acaso la sugerencia de un inevitable relato secreto.

pd: como ilustración ad hoc, una de las intervenciones que Bertoni hace intermitente en la página del clinic